LIBERTAD ANTROPOCÉNTRICA por Marta Tafalla

Marta Tafalla reflexiona sobre la libertad: «Nuestro odio a la vida salvaje es uno de los motores que impulsan la catástrofe ecológica que estamos provocando».

Estos días de confinamiento necesario nos duele todo. Nos duelen las víctimas de la pandemia y el sobreesfuerzo de quienes trabajan en sanidad, en la limpieza, en los transportes, en farmacias y tiendas de alimentación. Nos duele la soledad de tantas personas mayores y la inquietud de niñas y niños. Y nos duele de manera terrible la falta de libertad: mientras vivimos encerrados se nos entumece el cuerpo y se nos aturden los sentidos, estamos más confusos y nos sentimos más frágiles. Nos duelen los cuerpos que no pueden correr por el monte, nos duele respirar a través de una incómoda mascarilla y nos duele no poder acercarnos a los amigos con los que coincidimos en el mercado.

La libertad, en sus formas más básicas de libertad de movimiento y de reunión, es uno de los derechos fundamentales por los que más estamos dispuestos a luchar, y estos días redescubrimos cuánto la necesitamos. Sin embargo, estos días son también una buena ocasión para señalar que solemos pensar la libertad en términos exclusivamente antropocéntricos. En la Tierra conviven 8,7 millones de especies eucariotas, pero en nuestra civilización tenemos la consigna de que solo una de ellas merece gozar de libertad. 

A los animales domesticados que criamos para ser consumidos les impedimos cualquier forma de libertad: al domesticarlos modificamos su fisiología, sus capacidades y su conducta, y además les obligamos a vivir permanentemente confinados, sin que puedan tomar ninguna decisión sobre sus propias vidas. Sus propietarios deciden cuándo es hora de llevarlos al matadero, y allí nadie tendrá con ellos un solo gesto de amabilidad.

Días atrás, el Diari de Tarragona anunciaba como si fuera una buena noticia que del puerto de la ciudad zarpaba un barco con 21.500 corderos hacia Arabia Saudí: ¿podemos imaginar el horror de ese viaje, esos miles de animales hacinados? ¿Podemos imaginar su muerte en un país sin la menor norma de bienestar animal? En estos momentos, China y otros países asiáticos sufren una epidemia de peste porcina africana, y los ganaderos han matado ya millones de cerdos. No podemos ni imaginar la cantidad de dolor acumulado y, sin embargo, la industria porcina española contempla esa catástrofe como una oportunidad de oro para aumentar sus exportaciones a Asia. 

Mientras tanto, a los animales salvajes los perseguimos de innumerables maneras: los cazamos como trofeos, traficamos con ellos ya sea vivos o muertos, al tiempo que degradamos sus ecosistemas y los expulsamos de sus hogares. En consecuencia, muchas especies salvajes están perdiendo población a gran velocidad. De todos los mamíferos que habitan el planeta, ya solo un 4% son salvajes; el resto somos humanos y ganado. Estamos sustituyendo a los animales salvajes y libres, cuyo trabajo hace funcionar los ecosistemas, por animales domesticados y encerrados en granjas industriales. 

También en los mares continuamos el mismo proyecto. La industria piscícola cría en cautividad bacalaos, lenguados o salmones hacinados que no pueden realizar ni las más mínimas conductas naturales, y esta industria no substituye a la pesca, sino que la quinta parte de la pesca mundial va destinada a alimentar a los peces de piscifactoría. Las cifras son abrumadoras. En mayo de 2019 hubo un accidente en una piscifactoría noruega y murieron ocho millones de salmones. 

La manera como robamos la libertad al resto de especies es tan brutal, que solo podemos soportarlo porque desde la infancia nos educan sistemáticamente para ello. La inmensa mayoría de escuelas y familias llevan a niñas y niños al zoo para que aprendan que los animales viven en jaulas diminutas. Así normalizamos que también vivan privados de libertad los jilgueros que el vecino tiene en el balcón, las gallinas criadas por la industria ganadera, las ratas usadas en laboratorios de experimentación, los caballos empleados en las hípicas, los chimpancés explotados para hacer publicidad o los pececillos de colores que adornan el salón de un hotel.

Pocas familias llevan a sus hijos al monte, con unos prismáticos y una guía de fauna, a aprender cómo viven en libertad los animales salvajes y cómo su trabajo hace funcionar los ecosistemas. Pocas familias enseñan a sus hijos a estar agradecidos a los seres salvajes. Pocas escuelas enseñan a niñas y niños a admirar la belleza y la inteligencia de un lobo gestor de ecosistemas, un castor ingeniero de ríos, un arrendajo plantador de bosques, una salamanquesa que se come los mosquitos en el patio de casa o una lombriz que enriquece el suelo.

Digámoslo claro: nuestra civilización nos educa en el odio a la vida salvaje y libre, en el odio a la naturaleza no sometida al dominio humano. Por eso es una civilización que nos inculca el amor a los perros y el odio a los lobos, cuando en realidad son la misma especie: nos educa en el amor a quien nos obedece y en el odio a quien no se deja someter.

Ese desprecio a la vida salvaje se manifiesta incluso en la gestión de los parques urbanos: en su mayoría consisten en una alfombra de césped segado continuamente y dos o tres especies de árboles. Hay muchísima más biodiversidad en cualquier mísero solar abandonado. Estos días que los trabajadores de parques y jardines están confinados en casa, mi barrio luce más vivo que nunca: las flores silvestres llenan de belleza parques y alcorques, brotan en las grietas del asfalto, y atraen abejas y otros insectos polinizadores. Jilgueros, verdecillos, estorninos y mirlos campan a sus anchas en los parques desmelenados, donde la naturaleza comienza a romper las cuerdas con que la mantenemos atada. Sin nosotros, la vida está de fiesta. 

Todo está relacionado. La pandemia que nos mantiene encerrados tiene su origen en la manera como degradamos los ecosistemas, en la presión que realizamos sobre animales salvajes a los que obligamos a trasladarse o cambiar de hábitos, a los que cazamos y vendemos en los infernales mercados húmedos como el de Wuhan.

En esos mercados, animales de las especies más diversas se amontonan malheridos, sangrando y orinando unos encima de otros, estresados y por tanto inmunodeprimidos: los virus lo tienen fácil para saltar de una especie a otra. Esta pandemia comparte demasiado con otras enfermedades terribles como el sida y el ébola.

La otra gran fuente de epidemias es la ganadería, de la cual han surgido la mayoría de enfermedades infecciosas que ha sufrido y sufre la humanidad, desde el sarampión a la gripe. Y la ganadería industrial es cada vez más peligrosa: el hacinamiento de los animales y el suministro sistemático de antibióticos la convierten en una fábrica de patógenos. El daño que les causamos a las otras especies nos acaba afectando a nosotros también, porque en el pequeño planeta Tierra todas las vidas están entrelazadas.

Nuestro odio a la vida salvaje es uno de los motores que impulsan la catástrofe ecológica que estamos provocando, y si algo podría ayudarnos a frenarla es precisamente el rewilding. Dejar el mayor territorio posible a dinámica natural, dejar que las especies salvajes gestionen los ecosistemas y también asalvajar un poco nuestras ciudades, sería el mejor remedio contra el caos climático y la extinción masiva que hemos puesto en marcha. La libertad de las otras especies podría salvarnos, pero es algo que no estamos dispuestos a admitir.

Queremos una naturaleza sometida, aunque eso conduzca al colapso a la mayoría de ecosistemas, produzca una extinción masiva y nos arrastre finalmente a nosotros también. Como decía la filósofa Val Plumwood, el antropocentrismo no es solo un error moral, no es solo una fuente de injusticias, sino también un error cognitivo: distorsiona nuestra comprensión de la realidad. Incluso cuando lo que está en juego es nuestra supervivencia como especie.

Fuente: La Marea

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